AQUELLOS DIAS DE PLAYA

Aquellos días de playa

Cuando estamos en pleno mes de Julio, y el calor me hace sudar “tinta china”, viene a mi memoria aquellos días, felices por cierto, que de pequeños pasábamos en la playa.
Viene a mi recuerdo una familia vecina: Antonia y Remigio, los padres; Marquitos y Luisi, los hijos. Tenía Remigio, un viejo coche, un Seat 600, pequeñito, que subía las cuestas resoplando, y, cuando llegaba arriba, sonreía.
Remigio trabajaba toda la semana, quiero decir que sólo descansaba los domingos, y, ese día, tocaba playa. A las 7 de la mañana, nos despertaban con sus preparativos; los chiquillos gritaban: “papá, el flotador”, “mamá, el bañador”; Antonia rugía: “Antonio, no te vayas a poner el bañador de flores”; Remigio gemía: “¡o me dejan tranquilo, o hoy no hay playa!”. Los gritos zumbaban en toda la calle. Después de una larga hora, al fin se oía rugir –es un decir- el motor del 600, y el pobre comenzaba su lenta fatiga, cargado hasta los topes: arriba, en la baca, el gran flotador negro, las neveras portátiles, una sombrilla enorme y una caña de pescar, amiga inseparable de Remigio.
Dentro del vehículo: Antonia, con sus casi cien kilos, prácticamente no cabía en el pequeño asiento; Remigio, sudando, con el acelerador a tope, y dando pequeños saltitos para ayudar al pobre coche; Marquitos y Luisi, en el asiento trasero, con dos enormes balones de playa, un caldero con “papas y mojo”, la fiambrera con tortillas, cuatro latas de cerveza para el padre y dos botellones de refrescos para ellos y su madre. Carretera arriba, el 600 gemía; cuesta abajo, asustaba a Remigio, pues sus frenos flaqueaban.
El verdadero espéctaculo llegaba cuando, al fin, desembarcaban en la playa. Nuevos gritos y carreras, mientras iban descargando todos los atarecos. Los chiquillos saltaban sobre los bañistas tirados en la arena; Antonia, con su cuerpo blanco como la nieve, se sofocaba cada vez más; Remigio, apoyado en su coche, fumaba un cigarrillo, y echaba una ojeada a las bellas muchachas en biquini. ¡Remigio –gritaba Antonia- deja ya de mirar a esas “guarras”, y ayudame un poco!. El marido simulaba mirar el motor del coche por si se había calentado.
A la hora de comer, desplegaban un viejo mantel sobre la playa, abrían la fiambrera de las tortillas, las cuales se llenaban de arena, y el balón, lanzado por Marquitos, impactaba en el caldero, haciendo rodar las papas por el suelo. Era hilarante ver a Antonia correr, recogiendo una a una las papas, dispersas por la arena. Remigio se comía un trozo de tortilla –con arena-, y despotricaba contra su mujer “por no haberle puesto cebolla”.
Termina el día de playa, y es hora de recoger. En ese momento, el pobre 600, deja caer una lágrima, temeroso de lo que le espera.
El lunes, Antonia, va a la tienda muy temprano; va dos o tres veces al día, para lucir ante sus amigas el moreno de playa. No se da cuenta, la pobre, que no está morena: está roja, ¡es una gamba!.

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2 comentarios sobre “AQUELLOS DIAS DE PLAYA

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